El tamaño importa.
- AnnaAlfaBetta

- 14 oct 2019
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 5 jun 2023

De chicos tímidos está lleno la historia. Y ésta es otra de ellas.
No era guapete, ni feo del todo. Majo por definición y de trato fácil. Una persona de esas que te escucha atentamente y te ganan por lo buena persona que es.
Yo soy una persona bastante lanzada, movidita, extrovertida, nerviosa. De risa fácil, a veces por diversión, a veces por nervios (cosa que la gente no sabe diferenciar, claro. Por ello soy pura simpatía).
No sé que me darán los tímidos que me apetece desvirgarlos. Son como un reto para mí. No es que esto lo piense de primeras, pero como no son pocos los que han pasado por mi vida empiezo a pensar en lo mucho que me gusta “manipularlos” (en el sentido bueno de la palabra).
Era compañero de trabajo. Uno más. Ni bien, ni mal. Un par de risas en los pasillos. Una conversación ligera por aquí y por allá. Y poco a poco empezó a haber complicidad: las típicas miradas de “dios, mira lo que ha pasado” y te lo dices todo sin decirte nada en la lejanía. Digamos que se estaba fraguando algo más hasta que un día llegó "la salida de fiesta".
Ya no me acuerdo ni a donde fuimos ni que hicimos, pero como era evidente, acabó en mis redes.
Le llevé a mi cama un poco torpemente. Porque también lo malo de los paraditos es que no muchas veces fluye la energía necesaria, ni se compaginan como una maquinaria bien engrasada. Es más como una comedia pseudo romántica.
He de decir que el muchacho estaba entradito en carnes. Un poco. También por ello, como parte de esta sociedad, sería así de tímido.
Le había preguntado si había mantenido relaciones anteriormente. Porque así soy yo. Abiertamente explícita y curiosa. Su respuesta fue que una vez en el pueblo de fiestas. En una peña, borrachos los dos. No me quedó claro si hubieron más encuentros o fue repetida la historia o sólo aquella vez. Pero bueno. Ahí estábamos ya en mi cama. Venga fuera camiseta. Venga fuera calcetines. Venga fuera pantalón. Venga fuera calzoncillos y… ¡¡¡Sorpresa!!! ¡¡Micro pene servido!!
Yo me dije a mí misma. <<Bueeeeno, algo sabrá hacer con la boca… digo yo.>>
Pero no. El muchacho utilizó la técnica oso de peluche que no se mueve de la cama con un mix de: soy tu bici favorita, súbete y pedalea cual Shakira desenfrenada.
Así que estaba yo ahí arriba, expectante y alucinada. Sin saber muy bien qué hacer. Sin respuesta a estímulos que el muchacho había adquirido, y con 5 centímetros con los que trabajar.
Pequeño, muy pequeño era todo aquello puesto en un cuerpo voluminoso. Un chiste de la creación que lanza algo tan pequeño a alguien tan voluptuoso. Una pequeña isla en un mar de chichas. Algo no demasiado atractivo. Y siento ser tan gráfica y que me perdone quien se ofenda, pero no había forma humana de mejorar la situación.
Así que, la cosa fue más bien rápida. Movimientos de frotis, gemiditos y <<uuuy! Campeón. Que yo ya estoy>>.
Yo creo que fue la primera y última vez que he fingido un orgasmo. Ni siquiera por mí, que también. Toda la relación a partir de entonces se sumergió en la más ásperas de las vergüenzas sin querer herir a nadie. Fingir para que no se sintiera mal. Fingir para acabar prontito. Fingir para ocultar el bochorno de la incapacidad del chico a hacer nada con el mini pene y su falta de actividad al respecto, sin hacer nada más que la técnica del saco muerto.
A todo esto, ponle condón. Que para más inri resultó que tenía uno fosforito que se veía en la oscuridad, que pretendía ser de lo más gracioso para cuando tuviera una relación sexual y ahora era to' la broma. Estaba hecho de un material que absorbe la radiación lumínica y a oscuras se intuye dónde está (o debería). Pues a mi jedi no se le venía el sable. Gasté un “buen” condón para alguien que ni se le podía hacer la broma de “te lo veo en lo oscuro”… Encima le quedaba como talla grande… Todo un desastre épico.
Ese día descubrí la importancia de un tamaño estándar. De cumplir unos mínimos. Aunque he de decir que si el chico hubiera estado más avispado en otros menesteres, esa deficiencia la habría solventado. Pero como no fue así, mejor encontrarse con una polla en condiciones.
Así que, sí. El tamaño importa y mucho.
Es verdad que si la tienes muy grande también es una pesadilla, porque si la mete entera te puede llegar a molestar, o en el peor de los casos, hacerte daño. Además de la consiguiente insatisfacción masculina de tener que tener un cierto tope para no destruir a la chica por dentro. Eso significa que de envistes poquitos o con freno al 80% de su capacidad. Lo que da una incapacidad para sentirla bien dentro y acomodada.
Moraleja de la historia: el tamaño óptimo de un pene son los tamaños estándar. ¡¡Qué no te engañen!!





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