La jaula de oro
- AnnaAlfaBetta

- 19 nov 2019
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 5 jun 2023
No hace mucho que Anna es libre. Rompió las ligaduras de una relación estable de siete años de duración. Ese tema dejó de importar por otro más grande, aprender a vivir con ella misma, ser fuerte e independiente.
Anna marcó como objetivo principal ser libre y autónoma. Volver a llenar el alma que había vaciado en una relación no muy fructífera con cosas que le hicieran feliz y la empoderaran. No buscaba relaciones sentimentales pero no las reusaba.
En esta ardua tarea por construir su propio camino volvió a encontrarse con amigos del pasado que tenía olvidados.
Tenía una amiga, Marie, una chica francesa que había conocido en el año de erasmus que pasaba en Madrid. Su amiga Marie, 10 años más tarde, estaba viviendo ahora en Barcelona y se animó a ir a verla puesto que llegaba el verano, tenía tiempo y ya nada le ataba ni le impedía. Además Marie podía alojar a Anna sin problemas cuanto quisiera en su casa.
El destino quiso que Anna, una vez en Barcelona disfrutando de su amiga, playas y salidas, conociera a Pierre, otro francés que había venido a ver a un amigo suyo a Barcelona y que también se alojaría por unos días en casa de Marie, que utilizaba las estancias que le sobraban como habitaciones de alquiler para compensar los gastos del alquiler.
Anna y Pierre no se entendían mucho, pero daba igual. La magia de la atracción había cobrado vida. Entre gestos y besos empezaron a comunicarse. Cuatro días le valieron a Anna para quedarse prendada de Pierre antes de volverse los dos a sus vidas cotidianas. Una en Madrid, otro en Nantes.
Anna se apuntó a clases de francés justo cuando empezó el curso y mientras terminaba su año de formación profesional iba y venía a Nantes al menos una vez por mes a ver a Pierre.
El dinero, como sabía Anna, no iba a estar ahí para siempre. Anna tenía un trabajo de poca monta como empaquetadora de revistas. No era un trabajo serio, ni podía tenerlo con tanto estudio. Este trabajo le daba para mantener un poco sus pocos caprichos y pronto el gasto que suponía ir a Francia, más el alojamiento, comer, beber, salir,… empezaron a hacer un poco de mella en su cuenta.
Pierre trabajaba como coordinador de sección en una empresa de construcción. Era un trabajo bastante cómodo, que le daba un buen sueldo, aunque trabajaba 13 horas al día de lunes a sábado. Como Anna al estar estudiando y no tener un trabajo muy estable (lo de los periódicos no era todos los días y más bien de lunes a jueves) pues era la candidata ideal entre los dos para desplazase para ver al otro. Pasados unos meses Anna no podía subvencionarse cada viaje. Pierre le había dicho que como él no tenía tantísimo tiempo disponible para ir y de todas formas era “su turno” de viajar a verla, pues que él pagaría los pasajes (como si fueran billetes para él de todas formas) y cuando Anna estuviera allí también se encargaría de que no le faltara de nada, como invitada que era.
A Anna no le pareció tan mal. ¿Qué otra cosa podía hacer si quería verle? Poco había que hablar. Pasaban los meses y los viajes se sucedían. Pierre jamás le puso ninguna pega por estar pagando todo aquello que le pagaba. Viajes, comidas, salidas, cine, helados, … jamás le recriminó ni un céntimo. Sin embargo a Anna le empezó a pesar ser “una mantenida”. A pesar de que Pierre no le hiciera sentir mal en ningún momento y los dos hicieran lo que pudieran, Anna no podía evitar sentirse un poco culpable de todo aquel dinero que de buena gana se estaba gastando su chico para compensar el no poder ir él.
Detrás de las buenas intenciones de Pierre, Anna sin querer empezó a sentir que tendría que compensarle de alguna manera. Ya que no podría hacerlo económicamente tendría que esforzarse de otra forma.
Cuando estaban juntos Anna empezaba a hacer más tareas como recoger, limpiar, cocinar,… de alguna manera hacer algo útil. Algunas veces Pierre no podía pedirse libre en el trabajo para estar con ella, con lo que cuando venía del trabajo Pierre encontraba una comida caliente en el plato después de trabajar. Anna se estaba encargando de compensar el precio de su estancia allí.
Poco a poco, la luchadora Anna, feminista y ambiciosa, se había envuelto en una vida con la que poco había estado de acuerdo. Servicial, trabajadora, sumisa, esperando en casa a su amor, con la comida caliente para que no le faltara de nada. Sin poder rechistar puesto que como económicamente no podía contribuir, sólo haciendo un bonito trabajo de ama de casa compensaba el precio de su estancia. Una vida anacrónica. Una vida más propia de los tiempos de su abuela que de los suyos propios. <<Pobrecito Pierre que trabaja tanto, viene cansado, me paga todo… algo a cambio tendré que aportar… ¿no? >> – pensaba Anna.
¿Y qué podía hacer? No es que Pierre se lo hubiera pedido. No es que se lo recriminara en ningún momento. Jamás le pidió que le compensara de ninguna manera y el dinero que invertía en ella jamás le dolió. Pero a Anna le estaba trastornando la situación, que sin querer, se había vuelto maliciosa para su espíritu luchador y reivindicativo.
Como mujer no podía soportar tener que ser “mantenida” por otra persona. Poco tenía que ver que fuera un hombre. Simplemente ser mantenida por cualquiera ya era signo de falta de voluntad propia. Sentirse en la obligación de compensar le había vuelto prisionera de sus actos. Empezó a dudar de si lo que hacía era por gusto o por una obligación impuesta por el precio de estar allí.
Cada vez que salían y Pierre pagaba, ella, en silencio, sufría una pequeña humillación. Una en la que ella misma se había metido, pues no creía que estuviera siendo fiel a sus ideales: fuerte e independiente. Libre de hacer lo que hacía, porque cuando te están pagando las cosas… ¿por qué se hacen las cosas realmente? ¿Por compensar? ¿Por obligación?
Anna se encontró sin darse cuenta, otra vez en el punto de partida. Sin ser la dueña de su propia vida. Sus actos ya no eran suyos propios. Aunque Pierre no le pidiera nada, ella ya no podía identificarse en el espejo. Se había vuelto una esclava de sus propias acciones. Estaba teniendo una vida que no quería llevar. Sumisa, pagada, agradecida, servicial, … Lejos de su lucha independentista como persona capaz de llevar las riendas de su propio futuro y tener claro la dirección de su camino.
Ahora Anna estaba viviendo sin quererlo en una pequeña jaula de oro. No le faltaba de nada, pero no era libre de voluntad. No estaba siendo maltratada, ni violentada. Pierre sólo quería lo mejor para ella y la amaba con locura. Sin embargo Anna había perdido poco a poco la fuerza de su voz y de sus actos llevándola a una rutina de condescendencia. Se había vuelto a meter en una cajita. Se había vuelto a hacer pequeña. Manipulable. Poco quedaba de la Anna empoderada.
Anna amaba a Pierre. Mucho. Pero llegó el día en el que tuvo que elegir a quien quería más: a Pierre o a la propia Anna.
¿Quién quieres ser, Anna? Una sombra del pasado de actos anacrónicos y corazón revolucionario o una mujer pobre, que volvió a su país, a intentar ser la mujer libre, soñadora, independiente y empoderada que quería ser.
Así es como el dinero, y sólo el dinero, convirtió en tóxico un amor tan bonito. Nada tenía que ver con él o con ella. Sólo el dinero lo había envenenado.
Anna decidió ser pobre pero feliz. Decidió una vez más ser la dueña de su futuro, aunque no tuviera nada o poco. No quería grandezas. No quería palacios. Ni coches biplaza. No quería riquezas ni ricos. Sólo quería igualdad. Al máximo paridad. Contribuir de forma igualitaria en una relación indiferentemente del salario que gane cada cual. Porque el dinero mata. El dinero hace siervos. El dinero, aunque no quieras, marca la diferencia de posiciones entre hombres y mujeres. Te esclaviza en silencio y enmudece tus actos.
Así es como el dinero hizo ilegible saber si el amor que Anna sentía por Pierre era real o artificial.
Por mucho que Anna quisiera a Pierre, Anna se quería mucho más a ella y a sus ideales. Libre. Independiente. Empoderada. Fiel a sí misma. Y todo aquel que quiera estar con Anna tendrá que ir en un camino paralelo al suyo. Ni más bonito, ni peor, ni de oro, ni de plata. Uno paralelo. Cada uno en el suyo pero compartiendo el paisaje.
Anna descubrió por las malas el poder nefasto de las invitaciones inocente. Porque se empieza por lo sutil, pequeño y tonto y termina por enfangar una vida de ideales.
Alcanzar el equilibrio ideal entre invitación y rutina económica es un arte.
Anna sabe hoy el detalle que hay entre una invitación a unas cañas y lo perjudicial de que eso se convierta en una costumbre. Anna sabe que no invitará a nadie más veces de las necesarias porque ella no quiere quitarle la voluntad a nadie. No quiere hacer prisioneros del dinero, de actos y voluntad como una vez lo fue ella.
La historia hubiera sido igual si Anna hubiera sido la del puesto de trabajo, aquella que pagara todo, y Pierre el amante ciego que sigue a su amada. Da igual ser hombre o mujer. El dinero está ahí sólo para hacer esclavos y con mucho ojo hay que tratarlo.






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